LA CIUDAD ILIMITADA












Antes salíamos de la ciudad.
Sucedía los viernes.
Coche, familia, maletas.
Avenida meridiana. La salida al norte. La única salida al norte.
Superada la fábrica de cemento, poco más.
Una autopista, alguna fábrica, algún pueblo.

Después la carretera estrecha, sin luces, sin polígonos, sin rotondas.
Cambiaba el paisaje y cambiaba el ritmo.
Alejándonos de y acercándonos a.
Y llegábamos a destino y olía a leña y pensábamos hemos llegado.
Hoy las fronteras se diluyen.
Las fronteras de una ciudad.

¿Donde se acaba una ciudad y empieza lo que antes llamábamos campo?
Las carreteras se ensanchan, las curvas desaparecen, no hay pueblo sin polígono o peor, polígono sin pueblo y cada vez son menores los paisajes sin marcas de ciudad.
Las fronteras no existen y muchos pueblos se convierten en pequeñas ciudades acomplejadas por las ya mayores, las ya maduras.
Si, los pueblos tienen que crecer y también sus infraestructuras (que fea palabra infraestructura) pero, de que manera?
Me acerco a un pueblo. A cualquier pueblo.
Recorrida una “bonita” carretera de dos carriles con 4 metros más de arcén y una mediana de cemento robusto. Baratísimo me han dicho y “precioso” también.
Me saluda un polígono industrial de hágaselo usted mismo y haga lo que quiera.
Sin árboles por favor. No nos tapen el progreso.
La oficial rotonda sin la cual a día de hoy parece que un pueblo no es pueblo y en ella, la intervención de algún fantástico artista en formato luces de neón o fuentes con gaviotas.
El pequeño pueblo ciudad. Un cartel me anuncia que el casco antiguo es precioso.
Después de recorrer 23 calles de casas pareadas y edificios de 4 plantas dignos de película de terror, aparco el coche en lo que intuyo el centro. Refugio nuclear o la versión irreal de lo que un día fue.
Calles adoquinadas, algún geranio en un balcón, casas antiguas, silencio. Que bien.
Fotos de rigor y un “oh que bonito” .
Cervecita en un buen bar. De los que aún quedan.
Gracias Manolo.

Yo me digo que no entiendo.
La ciudad, la ciudad fea se extiende y no hay quien la pare.
No es fácil. Claro que no es fácil.
¿Paternalismo romántico de urbanita en busca de campo? Quizás.
De momento carretera arriba. Cada vez más arriba.

La ciudad sin fin acecha.
Clara Nubiola

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